2011/04/13

"Siempre he vivido entre muebles que no me gustan y situaciones falsas"

Una de aquellas falacias que desde niña me acosaron fue la idea del infierno. Si actuaba de modo poco mesurado, seguramente al morir el diablo estaría esperándome con su trinchete afilado, a la entrada de un recinto henchido de fuego, en compañía de sórdidos lamentos y súplicas de pecadores desesperados. De almas en pena que al sentir que las llamas cercenan los huesos, se arrepentirían de su mala conducta. Si te condenan al abismo de fuego, aunque creas redimir tu culpa escaldándote len-ta-men-te, no hay perdón. El castigo del infierno es un delirio eterno, un sufrir sin tiempo. ¿Se puede creer en tales mitos? No sé, tal como lo diría Sartre: "siempre he vivido entre muebles que no me gustan y situaciones falsas".
Occidente por siglos ha pecado de ingenuo. Lo verdadero ha sido creído por la mayoría como lo intangible, lo imperecedero. Sin embargo ningún humano ha logrado regresar de la muerte para confirmar la existencia de esa supuesta verdad. Lo trascendental nos ha obsesionado, dejándonos ciegos y torpes ante lo cotidiano. La vida a secas causa terror. Y es por ello que seguramente ésta deba tener -o navegar-, hacia otro origen, uno metafísico, que no ha de ser fruto de lo efímero.
Es esta negación ante la vida, ante lo fáctico, la que nos conduce a inventar y creer en quimeras.
El miedo a la muerte también nos arroja a la aciaga lucha por ficcionar situaciones fuera de la experiencia. La razón humana va hacia el iceberg como el Titanic -que al final de cuentas se estrella contra preguntas-, que como diría Kant, "no pueden ser respondidas ni mediante el uso empírico de la razón, ni mediante los principios derivados de ella”.


Qué trágica sigue siendo para muchos esta existencia donde siempre se encontrarán en vela perpetua, a la espera inconsciente de acontecimientos que no han de poder controlar en su totalidad. Si la libertad en primera instancia consiste en la ausencia de cualquier impedimento, por sentido común nos percatamos de la inexistencia de ésta. La muerte obstaculiza. Es entonces la libertad otro ensueño más, que casi se asemeja a creer en un cielo cristiano. Constato nuevamente que "siempre he vivido entre muebles que no me gustan y en situaciones falsas".
Y hablando de situaciones falsas, hay ejemplos de sobra para demostrar los estragos que causa y ha causado la moral dogmática. Karla creía que se condenaba al fuego eterno por usar anticonceptivos cuando amaba desenfrenadamente, pronto salió embarazada, ahora tenía clavada la mirada de todo el fraccionamiento sobre ella. Murmuraban chismes, la llamaban desvergonzada, algunos la creían estúpida, y las mujeres de buenas costumbres la llamaban piruja. Sin embargo, si acaso, sólo era una joven un tanto irresponsable.
Sartre decía que "el infierno son los demás". Quien nos condena y nos dice qué hacer y cómo actuar, es el otro. En vida resulta casi irrealizable la redención de la mirada infernal que la alteridad infunde en mí. La única liberación es la muerte propia (literalmente), o la muerte del otro (metafóricamente).
El creer en el castigo divino, el negar la vida, el actuar conforme a los valores tradicionales, el atarnos a la mirada del otro, el dejarnos morar en el infierno, son actitudes características del sujeto que Nietzsche en su Genealogía de la moral reconocería como hombre decadente. Éste que se rige por la moral hostil y dogmática, impuesta por los demás, que no son él mismo.
El aniquilamiento del otro, de la moral decadente, de los valores impuestos de modo irreflexivo -ya sea por el platonismo, la religión, la metafísica o el mismo estado-, será la solución que podría dar paso a la construcción de nuevos recursos simbólicos. Una transvaloración es la tarea del súper hombre, aquél que sabe regirse por sus propias convicciones y que vive la vida con amor fati: a pesar de que todo se vuelva fatídico hay que seguir. No siempre puede tener certeza de lo que viene y si bien hay suposición y cierta predeterminación propia, aún así todo puede tornarse un devenir inesperado al que hay que enfrentarse con valentía. Para no vivir entre muebles que no gustan y situaciones falsas.

Julieta Lomelí Balver

 “Mediante la lectura nos hacemos contemporáneosde todos los hombres 
y ciudadanos de todos los países”. Rayuela

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