La intervención de la curandera:
El ascenso a la montaña
Por consiguiente, en lugar de intentar "portarnos bien" y no sentir cólera o, en lugar de utilizarla para quemar todas las cosas vivas a cien kilómetros a la redonda, es mejor pedirle primero a la cólera que se siente con nosotras a tomar un té y charlar un rato para que, de esta manera, podamos descubrir cuál fue su origen.
Las curanderas de los cuentos de hadas suelen simbolizar una parte serena e imperturbable de la psique. Aunque por fuera el mundo se caiga en pedazos, la curandera interior se mantiene inalterada y conserva la calma necesaria para poder establecer la mejor manera de seguir adelante. Todas las mujeres tienen en
su psique a esta "mediadora". Forma parte de la psique salvaje y natural y tiene carácter innato, Si hemos perdido la pista de su paradero, la podemos recuperar examinando con calma la causa que provoca nuestra furia, proyectándonos hacía el futuro y, desde esa posición estratégica, estableciendo qué nos haría sentirnos orgullosas de nuestra conducta pasada para actuar de la misma manera.
La indignación o irritación que naturalmente sentimos a propósito de los distintos aspectos de la vida y de la cultura se exacerba cuando se producen repetidos incidentes de falta de respeto, malos tratos, abandono o acusada ambigüedad en la infancia. La persona que ha sufrido tales lesiones está sensibilizada ante las nuevas lesiones y echa mano de todas sus defensas para evitarlas. Las graves pérdidas de poder que nos llevan a dudar de nuestro valor como seres dignos de atención, respeto y solicitud por parte de los demás dan lugar a una dolorosa y enfurecida decisión infantil de no permitir en la edad adulta que nos vuelvan la lastimar de la misma manera.
Por otra parte, si una mujer ha sido educada de tal forma que tenga menos expectativas positivas que otras mujeres de la familia y ha sufrido severas restricciones en su libertad, conducta, lenguaje, etc., lo más probable es que su cólera normal se desborde ante ciertas cuestiones o ciertos tonos de voz, gestos,
palabras y otros desencadenantes sensoriales que le recuerden los acontecimientos originarios . A veces pueden deducirse las heridas infantiles sufridas por los adultos examinando cuidadosamente por qué asuntos o cuestiones éstos pierden irracionalmente los estribos .
Tenemos que utilizar la cólera como fuerza creativa: Tenemos que utilizarla para cambiar, desarrollar y proteger. Por consiguiente, tanto si una mujer está abordando la exasperación del momento con un arrebato como si lo hace con alguna forma de prolongada y dolorosa quemadura, la perspectiva de la curandera es la misma: cuando hay serenidad, puede haber aprendizaje y soluciones creativas;
en cambio, si hay un violento incendio por dentro o por fuera, éste lo quema todo y no deja más que cenizas. Tenemos que poder contemplar nuestras acciones pasadas con honor. Tenemos que buscar la utilidad de nuestro enojo.
Aunque es cierto que a veces necesitamos desahogar nuestra furia antes de poder pasar a una serenidad aleccionadora, debemos hacerlo con cierto comedimiento.
De lo contrario, sería algo así como arrojar una cerilla encendida a un charco de gasolina. La curandera dice que sí, que la cólera se puede cambiar, pero hace falta algo perteneciente a otro mundo, algo perteneciente al mundo instintivo, el mundo en el que los animales todavía hablan y el espíritu vive, algo perteneciente a la imaginación humana.
En el budismo se practica una acción de búsqueda llamada nyübu, que significa ir a las montañas para comprendernos a nosotros mismos y restablecer nuestra conexión con lo Grande. Es un ritual muy antiguo relacionado con los ciclos de preparación de la tierra, la siembra y la cosecha. Aunque podría ser beneficioso subir a unas montañas de verdad, también hay montañas en el mundo subterráneo, en el propio inconciente, y, afortunadamente todos llevamos en el mismo interior de la psique la entrada que conduce al mundo subterráneo y nos permite subir a las montañas y buscar diligentemente nuestra renovación.
En los mitos la montaña se entiende a veces como un símbolo de los niveles de conocimiento que hay que alcanzar antes de poder ascender al nivel siguiente.
La parte inferior de las montañas, las estribaciones, representan a menudo el ansia de conciencia. Todo lo que acontece en las estribaciones se entiende como una maduración de la conciencia. La parte mediana de la montaña se suele considerar la más empinada del proceso, la que pone a prueba los conocimientos adquiridos en los niveles inferiores. Las zonas más altas de la montaña representan una intensificación del aprendizaje; allí el aire es más tenue y hace falta mucha resistencia y determinación para seguir cumpliendo la tarea. La cima de la montaña simboliza el enfrentamiento con la sabiduría definitiva semejante a la del
mito en el que la anciana, o el viejo oso en el caso de este cuento, habita en la cumbre del monte
Por consiguiente, es bueno subir a la montaña cuando no sabemos qué otra cosa podemos hacer. La vida se consolida y el alma se desarrolla cuando nos sentimos impulsados a emprender búsquedas acerca de las cuales apenas sabemos nada. Subiendo a la montaña desconocida, adquirimos un auténtico conocimiento
de la psique instintiva y de los actos creativos de los que ésta es capaz, y ése es nuestro objetivo. El aprendizaje es distinto en cada persona. Pero el punto de vista instintivo que emana del inconciente salvaje, cuyo carácter es cíclico, empieza a ser el único que comprende el significado y da sentido a la vida, a
nuestra vida. Y nos indica infaliblemente lo que tenemos que hacer a continuación.
¿Dónde podemos encontrar este proceso que nos hará libres? En la montaña.
En la montaña encontramos las claves adicionales acerca de la manera de transformar el sufrimiento, el negativismo y los aspectos rencorosos de la cólera, todos ellos habitualmente percibidos y a menudo inicialmente justificados.
El budismo dice que hay siete velos de ilusión. A medida que se va librando de ellos la persona
comprende progresivamente los distintos aspectos de la naturaleza de la vida y del yo. El levantamiento de los velos hace que la persona sea lo bastante fuerte para soportar lo que es la vida y comprender las pautas de los acontecimientos, de las personas y de las cosas; y, finalmente, para aprender a no tomarse tan en
serio la primera impresión y a mirar detrás y más allá de ella.
En el budismo el levantamiento de los velos es necesario para la iluminación.
Al emprender el viaje para traer la luz a la oscuridad de la cólera. Para hacerlo, se tiene que comprender las numerosas capas de realidad de la montaña. Nosotras también tenernos muchas ilusiones acerca de la vida.
"Es guapa y, por consiguiente, es deseable" puede ser una ilusión. "Soy buena y, por consiguiente, seré aceptable" puede ser también una ilusión. Cuando buscamos, nuestra verdad también tratamos de disipar nuestras ilusiones. Cuando conseguimos ver a través de estas ilusiones que en el budismo se denominarían
"barreras a la iluminación", podemos descubrir la faceta oculta de la cólera.
He aquí algunas de las ilusiones más comunes a propósito de la cólera. "Si pierdo la cólera, cambiaré y me debilitaré." (La primera premisa es correcta, pero la conclusión es inexacta.) "Aprendí la cólera de mi padre (madre, abuela, etc.) y estoy condenada a ser así toda la vida." (La primera afirmación es cierta; la conclusión es inexacta.) Podemos hacer frente a estas ilusiones buscando, preguntando, estudiando, mirando bajo los árboles y subiendo a la montaña. Perdemos nuestras ilusiones cuando asumimos el riesgo de conocer el aspecto verdaderamente salvaje de nuestra naturaleza, que es el mentor de la vida, la cólera, la paciencia, el recelo, la cautela, el sigilo, la lejanía y el ingenio, todo lo que representa el oso de la luna creciente.
El oso espiritual
¿Por qué razón el símbolo del oso, en contraposición al del zorro, el tejón o el quetzal, nos enseña a enfrentarnos con el yo enfurecido? Para los antiguos el oso era el símbolo de la resurrección. Esta criatura se pasa mucho tiempo durmiendo y los latidos de su corazón se reducen casi a cero. El macho suele fecundar a la hembra cuando está a punto de iniciarse la hibernación, pero, de una manera prodigiosa, el óvulo y el esperma no se unen de inmediato. Flotan por separado en el líquido uterino y la unión no se produce hasta mucho más tarde.
Hacia el final de la hibernación, el óvulo y el esperma se unen y se inicia la división celular de tal manera que los oseznos nacen en primavera cuando la madre empieza a despertar de la hibernación justo a tiempo para cuidar y enseñar a sus crías. No sólo porque sale de la hibernación cual sí lo hiciera de la muerte, sino
más todavía por el hecho de que la osa despierta con sus nuevas crías, este animal constituye una profunda metáfora de nuestra vida, del regreso y el desarrollo de algo que parecía estar muerto.
El oso está asociado a muchas diosas cazadoras: Artemisa y Diana en Grecia y Roma; Muerte y Hecoteptl, las divinidades del barro de las culturas de América Latina. Estas diosas otorgaban a las mujeres el poder de rastrear, conocer y "excavar" los aspectos psíquicos de todas las cosas. Para los japoneses el oso es el símbolo de la lealtad, la sabiduría y la fuerza. En el norte del Japón donde vive la tribu Ainu, el oso es el que puede hablar directamente con Dios y transmitir sus mensajes a los seres humanos. El oso de la luna creciente se considera un ser sagrado, que recibió la blanca marca de su garganta de manos de la diosa budista Kwan—Yin cuyo emblema es una luna creciente. Kwan—Yin es la diosa de la Profunda Compasión y el oso es su emisario.
En la psique el oso se puede interpretar como la capacidad de regular la propia vida, especialmente la vida emocional. El poder del oso reside en su capacidad de moverse en ciclos, de estar plenamente alerta o ,de descansar en un sueño de hibernación que renueva la energía con vistas al ciclo siguiente. La imagen del oso nos enseña que es posible mantener una especie de válvula de regulación de la propia vida emocional y, sobre todo, que una persona puede ser violenta y generosa al mismo tiempo. Una persona puede ser reservada y poseer un considerable valor. Otra puede defender su propio territorio, delimitar claramente sus fronteras, remover el cielo en caso necesario y, sin embargo, estar disponible, ser accesible y engendrarlo todo al mismo tiempo.
El pelo de la garganta del oso es un talismán, una manera de recordar lo que se ha aprendido. Tal como se puede ver, su valor es incalculable.
La cólera constructiva se puede utilizar con provecho como motivación para
la búsqueda o el ofrecimiento de apoyo, para la búsqueda de medios que induzcan a los grupos y a los individuos al diálogo o para exigir responsabilidades, progreso y mejoras. Ésos son los procesos que las mujeres que adquieren conciencia han de seguir en las pautas de comportamiento. El hecho de experimentar unas profundas reacciones ante la falta de respeto, las amenazas y las lesiones
forma parte de una sana psique instintiva. La reacción vehemente es una parte lógica y natural del aprendizaje acerca de los mundos colectivos del alma y la psique.
La persistencia de la antigua cólera
En caso de que la cólera vuelva a convertirse en un obstáculo para el pensamiento y la acción creativa, conviene suavizarla o modificarla. En las mujeres que se han pasado un considerable período de tiempo superando un trauma, tanto si éste se debió a la crueldad, el olvido, la falta de respeto, la temeridad, la
arrogancia o la ignorancia de alguien como si se debió simplemente al destino, llega un momento en que hay que perdonar para que la psique pueda liberarse y recuperar su estado normal de paz y serenidad .
Cuando una mujer tiene dificultades para dar rienda suelta a la cólera o la rabia, ello suele deberse a que utiliza la cólera para fortalecerse. Y, si bien tal cosa pudo haber sido oportuna al principio, más tarde la mujer tiene que andarse con cuidado, pues una cólera permanente es un fuego que acaba quemando su
energía primaria. La persistencia en dicho estado es algo así como pasar vertiginosamente por la vida y tratar de vivir una existencia equilibrada pisando el acelerador hasta el fondo.
Sin embargo, el ardor de la cólera no se tiene que considerar un sucedáneo de una vida apasionada. No se trata de la vida en su plenitud; es una actitud defensiva que cuesta mucho mantener cuando esa actitud ya no es necesaria para protegerse. Al cabo de algún tiempo, la cólera arde hasta alcanzar unas temperaturas
extremadamente altas, contamina nuestras ideas con su negro humo y obstruye otras maneras de ver y comprender.
Pero no pienso mentir descaradamente y decirle a una mujer, que hoy o la semana que viene podrá eliminar toda su cólera y ésta desaparecerá para siempre.
La ansiedad y el tormento del pasado afloran en la psique con carácter cíclico.
Aunque una profunda purificación extermina buena parte del antiguo dolor y la antigua cólera, el residuo jamás se puede borrar por completo. Tiene que dejar unas ligeras cenizas, no un fuego devorador. Por consiguiente, la limpieza de la cólera residual debe convertirse en un ritual higiénico periódico que nos libere, pues el hecho de llevar la antigua cólera más allá del extremo hasta el que nos podía ser útil equivale a experimentar una constante ansiedad, por más que nosotras no seamos conscientes de ella.
Las cuatro fases del perdón
1. Apartarse — Dejar correr
2. Tolerar — Abstenerse de castigar
3. Olvidar — Arrancar del recuerdo, no pensar
4. Perdonar — Dar por pagada la deuda
APARTARSE
Para poder empezar a perdonar es bueno apartarse durante algún tiempo, es decir, dejar de pensar durante algún tiempo en aquella persona o acontecimiento.
Eso no significa dejar algo por hacer sino más bien tomarse unas vacaciones.
Eso evita que nos agotemos y nos permite fortalecernos de otra manera y disfrutar de otras felicidades en nuestra vida.
TOLERAR
La segunda fase es la de la tolerancia, entendida en el sentido de abstenerse de castigar; de no pensar ni hacer ni poco ni mucho. Resulta extremadamente útil practicar esta clase de refrenamiento, pues con ello se condensa la cuestión en un lugar determinado y ésta no se derrama por todas partes. De esta manera, la mujer puede concentrarse en el momento en que empezará a pasar a la siguiente fase. Eso no significa quedarse ciega o muerta y perder la vigilancia defensiva.
Significa contemplar la situación con una cierta benevolencia y ver cuál es el resultado.
Tolerar quiere decir tener paciencia, soportar, canalizar la emoción. Todas estas cosas son unas poderosas medicinas. Practícarlas todo lo que puedas, pues se trata de una experiencia purificadora. No es preciso que las hagas; puedes elegir una de ellas, por ejemplo, la paciencia, y practicarla. Puedes abstenerte de
hacer comentarios y murmullos de carácter punitivo, de comportarte con hostilidad o resentimiento. El hecho de abstenerse de aplicar castigos innecesarios fortalece la integridad de la acción y del alma, Tolerar equivale a practicar la generosidad, permitiendo con ello que la gran naturaleza compasiva partícipe en cuestiones que previamente han provocado emociones que van desde una leve irritación a la cólera.
OLVIDAR
Olvidar significa arrancar de la memoria, negarse a pensar; en otras palabras,
soltar, aflojar la presa, sobre todo de la memoria. Olvidar no significa comportarse
como si el cerebro hubiera muerto. El olvido conciente equivale a soltar
el acontecimiento, no insistir en que éste se mantenga en primer plano sino dejar
más bien que abandone el escenario y se retire a un segundo plano.
Practicamos el olvido conciente, negándonos a evocar las cuestiones molestas,
negándonos a recordar. El olvido es un esfuerzo activo, no pasivo. Significa
no entretenerse con ciertas cuestiones y no darles vueltas, no irritarse con pensamientos,
imágenes o emociones repetitivas. El olvido conciente significa abandonar
deliberadamente las obsesiones, distanciarnos voluntariamente y perder de
vista el objeto de nuestro enojo, no mirar hacia atrás y vivir en un nuevo paisaje,
crear una nueva vida y unas nuevas experiencias en las que pensar, en lugar de
seguir pensando en las antiguas. Esta clase de olvido no borra el recuerdo, pero
entierra las emociones que lo rodeaban.
PERDONAR
Hay muchos medios y maneras de perdonar una ofensa a una persona, una comunidad o una nación. Conviene recordar que el perdón "definitivo" no es una rendición. Es una decisión conciente de dejar de guardar rencor, lo cual significa perdonar una deuda y abandonar la determinación de tomar represalias. Tú eres la que tiene que decidir cuándo perdonar y qué ritual se deberá utilizar para celebrar el acontecimiento. Tú decides qué deuda no se tiene que seguir pagando.
Algunas personas optan por conceder un perdón total, eximiendo al ofensor de la obligación de pagar una indemnización ahora o más adelante. Otras optan por interrumpir el proceso, desistir de cobrar la deuda en su totalidad y decir que lo hecho, hecho está y lo que se ha pagado hasta ahora es suficiente. Otra forma
de perdón consiste en exonerar a una persona sin que ésta haya satisfecho ningún tipo de indemnización emocional o de otra clase.
Para algunas personas la conclusión del perdón significa mirar al otro con indulgencia, que es lo más fácil cuando se trata de ofensas relativamente leves.
Una de las más profundas formas de perdón consiste en ofrecer de la manera que sea una compasiva ayuda al que nos ha ofendido . Lo cual no significa introducir la cabeza en el cesto de la serpiente sino responder desde una actitud de clemencia, seguridad y buena disposición .
El perdón es la culminación de todo lo precedente, toda la tolerancia y todo el olvido. No significa abandonar la propia protección sino la frialdad. Una forma muy profunda de perdón consiste en no excluir al otro, en dejar de mantener distancias, ignorar o comportarse con frialdad o mantener actitudes falsas o condescendientes.
Para la psique del alma es mejor limitar estrictamente el tiempo y las respuestas mordaces a las personas cuyo trato nos resulta difícil que comportarnos como maniquíes insensibles.
El perdón es un acto de creación. Se puede otorgar de muy variadas maneras.
Se puede perdonar de momento, perdonar hasta entonces, perdonar hasta la próxima vez, perdonar pero no dar más oportunidades; el juego sería totalmente distinto si se produjera otro incidente. Se puede dar otra oportunidad, varias o muchas oportunidades o dar oportunidades con determinadas condiciones. Se puede perdonar en parte, en su totalidad o la mitad de una ofensa. Se puede otorgar un perdón general.
¿Cómo sabe la mujer si ha perdonado o no? En caso afirmativo, tiende a compadecerse de la circunstancia en lugar de sentir cólera, tiende a compadecerse de la persona en lugar de estar enojada con ella. Tiende a olvidar lo que tenía que decir al respecto. Comprende el sufrimiento que dio lugar a la ofensa. Prefiere permanecer al margen. No espera nada. No quiere nada. Ningún estrecho lazo alrededor de los tobillos tira de ella desde lejos para arrastrarla hacia acá. Es libre de ir a donde quiera. Puede que la cosa no termine con un "vivieron felices y comieron perdices", pero a partir de ahora estará esperándola con toda certeza un nuevo "Había una vez".
Las cicatrices de la batalla:
La pertenencia al Clan de la Cicatriz
Las lágrimas son un río que nos lleva a alguna parte. El llanto crea un río alrededor de la barca que transporta nuestra vida espiritual. Las lágrimas levantan la embarcación por encima de las rocas, por encima del terreno seco, y la transportan río abajo a un lugar nuevo y mejor.
Existen océanos de lágrimas que las mujeres jamás han llorado, pues les han enseñado a llevarse a la tumba los secretos de su madre y su padre, de los hombres y la sociedad y los suyos propios. El llanto de una mujer siempre se ha considerado muy peligroso porque abre las cerraduras y los pestillos de los secretos
que lleva dentro. Pero en realidad, por el bien del alma salvaje de la mujer, es mejor llorar. Para las mujeres las lágrimas son el comienzo de la iniciación en el Clan de la Cicatriz, esta tribu eterna de mujeres de todos los colores, naciones y lenguas que, a lo largo de los siglos, han sobrevivido a algo muy grande, lo hicieron
con orgullo y lo siguen haciendo.
Todas las mujeres tienen historias personales de tan vasto alcance y tan poderosas como el numen de los cuentos de hadas. Pero hay una clase de historia en particular que tiene que ver con los secretos de una Mujer, especialmente los que se asocian con la vergüenza; dichos secretos contienen algunas de las
más importantes historias a las que una mujer puede dedicar su tiempo. Para la mayoría de las mujeres, estas historias secretas son sus propias historias personales, incrustadas, no como piedras preciosas en una corona sino más bien como negra grava bajo la piel del alma.
Lo malo de las historias secretas rodeadas por un halo de vergüenza es que apartan a la mujer de su naturaleza instintiva, que en general es algo gozoso y libre. Cuando existe un secreto oscuro en la psique, una mujer no se puede acercar a él y más bien evita entrar en contacto con cualquier cosa que se lo recuerde
o que aumente la intensidad de su dolor crónico.
Esta maniobra defensiva es muy frecuente y, tal como ocurre con los efectos secundarios de un trauma, influye secretamente en las elecciones que hace una mujer en el mundo exterior: qué libros leerá o no leerá, qué películas verá o dejará de ver, a qué acontecimientos asistirá o no asistirá; de qué se reirá o no se
reirá; y a qué intereses se entregará. En este sentido, hay en la naturaleza salvaje un obstáculo que le impide ser libre de hacer, ser o contemplar lo que le apetece.
Por regla general, los secretos giran en torno a los mismos temas de las grandes tragedias. He aquí algunos de los temas de los secretos: el amor prohibido; la curiosidad indebida, los actos desesperados; los actos forzados; el amor no correspondido; los celos y el rechazo; el castigo y la cólera; la crueldad consigo
misma o con los demás; los deseos, anhelos y sueños censurados; los intereses sexuales y los estilos de vida no aprobados; los embarazos imprevistos; el odio y la agresión; el homicidio o las lesiones involuntarias; las promesas incumplidas; la pérdida de la valentía; la pérdida de los estribos; el incumplimiento de algo; la
incapacidad de hacer algo; la intervención o las intrigas bajo mano; el olvido; los malos tratos; la lista podría prolongarse indefinidamente, pues casi todos los temas entran dentro de la categoría del lamentable error.
Todo el mundo elige mal las palabras o los hechos porque no sabe hacer otra cosa e ignora cuáles serán las consecuencias. Nada es imperdonable en este planeta o en el universo. Nada. "¡No! —dices tú—. Eso que hice es totalmente imperdonable."
He dicho que nada que un ser humano haya hecho, esté haciendo o pueda hacer en el futuro es imperdonable. Nada.
El yo no es una fuerza punitiva que se apresura a castigar alas mujeres, los hombres y los niños. El Yo es un dios salvaje que comprende la naturaleza de las criaturas. A veces nos resulta muy duro "portarnos bien" cuando los instintos esenciales, incluida la intuición, han sido cercenados. En tal caso resulta difícil
pensar en los resultados antes de que se produzcan los hechos y no después. El alma salvaje posee una faceta profundamente compasiva que tiene en cuenta esta circunstancia.
En el arquetipo del secreto se lanza una especie de encantamiento, como si fuera una negra red sobre una parte de la psique de la mujer, quien se ve inducida a creer que jamás deberá revelar el secreto y, en caso de que lo revelara, todas las personas honradas que se tropezaran con ella la insultarían a perpetuidad.
Esta amenaza adicional así como la misma vergüenza del secreto obligan a la mujer a soportar no un peso sino dos.
Esta especie de amenaza de encantamiento sólo es un pasatiempo para las personas que sólo emplean un pequeño y negro espacio de sus corazones. Para las personas que sienten afecto y amor por la condición humana es justo lo contrario.
Tales personas ayudarían a la mujer a revelar el secreto, pues saben que éste produce una herida que no sanará hasta que se exprese con palabras y se dé testimonio de él.
La zona muerta
El hecho de guardar los secretos aísla a la mujer de aquellos que podrían no ofrecerle su amor, ayuda y protección. La obliga a llevar ella sola el peso del dolor y el temor, a veces en nombre de todo un grupo, que puede ser la familia o la cultura.Además, tal como dijo Jung, el guardar los secretos nos separa del inconciente.
Dondequiera que haya un secreto vergonzoso siempre hay una zona muerta en la psique de la mujer, un lugar que es insensible o no reacciona a los incesantes acontecimientos de su propia vida emocional o a los acontecimientos de la vida emocional de los demás.
La zona muerta está muy bien protegida. Es un lugar de interminables puertas y paredes, cada una de ellas cerrada con veinte cerraduras, y los homunculi, los minúsculos seres que pueblan los sueños de las mujeres, se pasan el rato construyendo más puertas, más diques, más medidas de seguridad para evitar que se escape el secreto.
Puesto que la psique suele compensar los desequilibrios, el secreto acabará encontrando a pesar de todo el medio de salir, si no con palabras en forma de repentinas melancolías, intermitentes y misteriosos
arrebatos de furia, toda suerte de tics físicos, torsiones y dolores, de conversaciones insustanciales que se interrumpen repentina e inexplicablemente, de súbitas y extrañas reacciones a películas e incluso a anuncios de televisión.
El secreto siempre encuentra una salida, si no con palabras directas, por medio de manifestaciones somáticas que a menudo no se pueden afrontar ni resolver con procedimientos tradicionales.
¿Qué hace pues una mujer cuando descubre
que el secreto se le está escapando?
Corre tras él con gran dispendio de energía. Lo ata otra vez, lo vuelve a arrojar a la zona muerta y construye unas defensas más sólidas. Llama a sus homunculi —los guardianes internos y defensores del ego— para que construyan más puertas y más murallas. Después se apoya contra su más reciente tumba psíquica, sudando sangre y respirando como una locomotora.
La mujer que oculta un secreto es una mujer exhausta.
Cuando una mujer guarda un secreto vergonzoso, experimenta
un remordimiento y una tortura muy grandes. Todo el remordimiento y
la tortura que amenazan con abatirse sobre la mujer en caso de que revele el secreto,
se abaten sobre ella de todos modos, aunque no le diga nada a nadie, pues
éstos la atacan desde dentro.
La mujer salvaje no puede vivir en esta situación. Los secretos vergonzosos
hacen que una persona se sienta acosada. No puede dormir porque el secreto
vergonzoso es como un cruel alambre de púas que se le clava en las entrañas
cuando intenta escapar. Los secretos vergonzosos son destructivos no sólo para
la salud mental de una mujer sino también para sus relaciones con la naturaleza
instintiva. La Mujer Salvaje excava en la tierra para sacar las cosas a la superficie,
las arroja al aire y las persigue. No entierra y olvida. Y, en caso de que entierre
algo, sabe qué y dónde lo ha hecho y no tardará en desenterrarlo.
Hay heridas generales, heridas propias de los varones y heridas propias de
las mujeres. Un aborto provocado deja una cicatriz. Un aborto espontáneo deja
una cicatriz. La pérdida de un hijo de cualquier edad deja una cicatriz. A veces, la
cercanía de otra persona deja un tejido cicatricial. Es posible que haya muchas
cicatrices como consecuencia de elecciones ingenuas, del hecho de haber sido
atrapados o de elecciones acertadas pero difíciles. Hay tantas formas de cicatrices
como tipos de lesiones psíquicas.
La represión del material secreto que va acompañado de sentimientos de
vergüenza, temor, cólera, remordimiento o humillación oblitera totalmente todas
las restantes partes del inconciente que se encuentran situadas en proximidad
del secreto . Es como si se inyectara, por ejemplo, una sustancia anestésica en
el tobillo de una persona para llevar a cabo una intervención quirúrgica. Buena
parte de la pierna por encima y por debajo del tobillo sufrirá también los efectos
de la anestesia y se volverá insensible. Éste es el efecto de los secretos en la psique.
Es como un constante gota a gota de anestesia que insensibiliza no sólo la
zona afectada sino también la amplia zona que la rodea.
Una parte del proceso de curación de un
secreto consiste en contarlo de tal forma que los demás se conmuevan. De esta
manera, una mujer puede empezar a recuperarse de la vergüenza gracias al apoyo
y la solicitud que no tuvo durante el trauma inicial.
Sugiero que cada mujer empiece diciendo: "Éstas son las mujeres de las
que he recibido la herencia." Las mujeres contemplan las fotografías de sus familiares
y amigas y, con profunda compasión, empiezan a contar las historias y los
secretos que saben de cada una de ellas: la gran alegría, el gran dolor, la gran
congoja, el gran triunfo de la vida de cada mujer. Durante todo el tiempo que
permanecemos reunidas, hay muchos momentos en que no podemos seguir adelante
pues muchas lágrimas levantan muchas barcas del dique seco donde se encuentran
y todas zarpamos para navegar un rato juntas.
Lo que vale en este caso es hacer una colada a fondo que lave la ropa femenina
de una vez por todas. La habitual prohibición de lavar la ropa sucia fuera de
casa encierra una ironía, pues la "ropa sucia" nunca se lava en casa. La "ropa
sucia" de la familia se queda para siempre en el más oscuro rincón del sótano con
su secreto. La insistencia en Mantener algo en secreto es veneno puro. De hecho,
semejante pretensión significa que una mujer no cuenta a su alrededor con el
apoyo necesario para afrontar las cuestiones que le causan dolor.
Muchas de las historias secretas de las mujeres son de las que no se pueden
comentar con la familia y los amigos, pues éstos no se las creen, intentan
tomarlas a broma o no darles importancia y tienen comprensibles motivos para
hacerlo. Si las discutieran, las examinaran al trasluz y las analizaran, tendrían
que compartir el dolor de la mujer. No podrían mostrarse impasibles. No podrían
decir: "Sí, ya se sabe... ", y no añadir nada más. No podrían decir: "Tienes que
procurar distraerte y no pensar en estas cosas."
Cuando las mujeres piensan más en su vergüenza secreta que otros miembros
de su familia o de su comunidad, son sólo ellas las que sufren concientemente.
La finalidad psicológica de la familia —estar juntos— jamás se produce.
Y, sin embargo, la naturaleza salvaje exige que el ambiente de la mujer se libre de
los elementos irritantes y las amenazas y que las cuestiones que la oprimen se
reduzcan todo lo posible. Por consiguiente, sólo suele ser cuestión de tiempo que
una mujer haga acopio del valor que nace de los huesos de su alma, corte una
dorada caña y entone el secreto con su poderosa voz.
Que hacer con los secretos vergonzosos???
Mira lo que tengas que mirar. Díselo a alguien. Nunca es demasiado tarde.
Si crees que no puedes decirlo en voz alta, escríbelo. Elige a una persona que instintivamente
consideres digna de confianza. Es mejor que salgan los gusanos de
la ]ata que temes abrir en lugar de que éstos se multipliquen dentro de ti. Si lo
prefieres, busca a un terapeuta que sepa cómo tratar los secretos. Tendrá que ser
una persona compasiva que no pronuncie sentencias sobre lo que está bien y lo
que está mal y que comprenda la diferencia entre la culpa y el remordimiento y
conozca la naturaleza del dolor y la resurrección espiritual.
Cualquiera que sea el secreto, sabemos que ahora éste forma parte de
nuestra tarea durante toda la vida. La redención sana una herida antaño abierta.
Pero, aun así, siempre quedará una cicatriz. Con los cambios de tiempo, la cicatriz
podrá dolernos. Ésta es la naturaleza del auténtico dolor.
Durante años las distintas psicologías clásicas creyeron erróneamente que
el dolor era un proceso por el que se pasaba una vez, a ser posible durante un
año, y después terminaba, por lo que, si alguna persona no podía o no quería
completarlo en el tiempo prescrito, significaba que le ocurría algo. Sin embargo,
ahora sabemos lo que los seres humanos saben instintivamente desde hace siglos:
que ciertos dolores y daños y vergüenzas nunca se pueden dejar de llorar; la
pérdida de un hijo por muerte o abandono es uno de los más intensos o el más
intenso.
Cuando un secreto no se cuenta a nadie, el dolor persiste durante toda
la vida. La ocultación de los secretos constituye un obstáculo para la natural
higiene autocurativa de la psique y el espíritu. Ésta es otra razón para que contemos
nuestros secretos. Contarlos y sufrir por su causa nos ayuda a resucitar
de la zona muerta y nos permite dejar a nuestra espalda el culto mortuorio de los
secretos. Podemos sufrir con todas nuestras fuerzas y salir de la experiencia con
el rostro surcado por las lágrimas y no por la vergüenza. Podemos salir de ella
con un sentimiento más profundo, plenamente reconocidas y rebosantes de nueva vida.
La Mujer Salvaje nos sostendrá durante nuestra pena. Ella es el Yo instintivo.
Puede soportar nuestros alaridos, nuestros lamentos, nuestro deseo de morir
sin estar muertas. Ella aplicará la mejor medicina en los lugares que más nos
duelan. Ella nos hablará al oído en susurros. Sentirá dolor por nuestro dolor. Lo
resistirá. No huirá. Aunque habrá cicatrices, y muchas, por cierto, es bueno recordar
que, por su resistencia a la tracción y su capacidad de absorber la presión,
una cicatriz es más fuerte que la piel.
El manto expiatorio
A veces, en mi trabajo con mujeres les muestro cómo hacer un manto expiatorio
de tamaño natural con un trozo de tejido u otro material. Un manto expiatorio
es un manto que detalla en imágenes, escritos y toda suerte de objetos
prendidos y cosidos a él todos los improperios que una mujer ha recibido en su
vida, todos los insultos, todas las calumnias, todos los traumas, todas las heridas
y todas las cicatrices. Es la exposición de su experiencia como chivo expiatorio. A
veces bastan sólo uno o dos días para confeccionar semejante manto, otras veces
se necesitan varios meses. Pero resulta extremadamente útil para detallar todas
las heridas, los golpes y los cuchillazos de la vida de una mujer.
Al principio, yo misma me confeccioné un manto expiatorio. Muy pronto su
peso fue tan grande que necesité todo un coro de musas para llevar la cola. Se
me ocurrió la idea de confeccionar aquel manto expiatorio y, una vez reunidos
todos aquellos desechos psíquicos en un solo objeto psíquico, quemar la capa para,
de esta manera, eliminar en parte mis viejas heridas. Pero lo que hice fue colgar
el manto del techo del pasillo y comprobar que, cada vez que me acercaba a
él, en lugar de sentirme mal, me sentía bien. Empecé a admirar los ovarios de la
mujer que había sido capaz de llevar semejante manto y seguir caminando resueltamente,
cantando, creando y meneando el rabo.
Y descubrí que lo mismo les ocurría a las mujeres con quienes yo trabajaba.
Tras haber confeccionado sus mantos expiatorios, las mujeres se niegan a
destruirlos. Quieren conservarlos para siempre, cuanto más desagradables y ensangrentados,
mejor. A veces los llamamos también mantos de batalla, pues son
la prueba de la resistencia, los fracasos y las victorias de cada una de las mujeres
y de sus congéneres.
Tampoco es mala idea que las mujeres calculen su edad no en años sino en
cicatrices de guerra.
—¿Cuántos años tienes? —me pregunta a veces la gente.
—Tengo diecisiete heridas de guerra —contesto.
Por regla general, las mujeres no se inmutan sino que empiezan a calcular
alegremente su edad de la misma manera, contando sus propias heridas de guerra.
De la misma manera que los lakotas pintaban imágenes en pellejos de animales
para señalar los acontecimientos invernales, y al igual que los nahuatl, los
mayas y los egipcios tenían sus códices en los que anotaban los grandes acontecimientos
de la tribu, las guerras y las victorias, las mujeres tienen sus mantos
expiatorios y sus mantos de batalla. No sé qué pensarán nuestras nietas y nuestras
bisnietas de esta manera de reseñar nuestras vidas. Espero que reciban las
debidas explicaciones.
No nos engañemos a este respecto, pues nos lo hemos ganado a pulso con
las duras elecciones de nuestra vida. Si alguien te pregunta tu nacionalidad, tu
origen étnico o tu estirpe, esboza una enigmática sonrisa y contesta:
—El Clan de la Cicatriz.













































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