2012/05/15

El camino de Lao Tse








Existe algo, 
un todo indiferenciado, que antes 
de los cielos 
y la tierra.

Sólo tiene imágenes 
abs­tractas, ninguna forma concreta. 









Es profundo, oscuro, silencioso, indefinido; 
no oímos su voz. 

Asignándole un nombre, 
lo llamo 

el Camino.








El Camino es infinitamente elevado, 
insondable­mente profundo. 

Abarcando el cielo y la tierra, 
reci­biendo de lo que no tiene forma, 
produce una corrien­te que fluye intensa 
y ampliamente sin desbordarse. 




Opaco, se sirve de una clarificación gradual mediante la calma. 




Cuando se aplica, es infinito y no tiene día ni noche; 
pero cuando es representado, ni siquiera llena la mano.




Es reducido, pero puede expandirse; 
es oscuro, pero puede iluminar; 
es flexible, pero puede ser firme.






Absorbe lo negativo y emite lo positivo,





manifestando así las luces del sol,



la luna y las estrellas.



Gracias a él son altas las montañas, 





son profundos los océanos, 
corren los animales, 



vuelan los pájaros.



Gracias a él vagan los unicornios, 
remontan el vuelo los fénix,




siguen su curso las estrellas. 




Garantiza la supervivencia mediante la destrucción,
 la nobleza mediante la bajeza, 
y el avance mediante la retirada. 



En la antigüedad, los Tres Augustos 
alcanzaron el orden unificador 
del Camino y permanecieron en el centro; 


sus espíritus vagaron con la Creación, 
y así reconfortaban a todo el mundo 
en los cuatro cuadrantes.



De esta manera, el Camino 
produce el movimien­to de los cielos 


y la estabilidad de la tierra, 



girando incesantemente como una rueda, 





fluyendo sin cesar como el agua. 




El Camino se encuentra en el principio 
y en el fin de las cosas: 


cuando se levanta el viento,


se condensan las nubes, 


ruge el trueno 

y cae la lluvia, 


res­ponde 



como un concierto sin fin.






Sincronía en acción.




El gran poder del silencio. 









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